Por: Sergio Laignel –Lavastine

El camino de la búsqueda interior transcurre en los momentos más significativos de esa búsqueda por las experiencias que podemos clasificar de abismales.

En efecto, la atracción y el terror que nos producen en nuestros estados llamados “normales” la convivencia perceptiva con el abismo toman su punto de partida en las diversas procedencias de nuestra condición humana. La atracción por el abismo se genera en nuestro sentir más profundo a niveles eserales procedentes de recuerdos inconscientes de lo que “alguna vez fue” y de lo que ya no me es accesible. Un profundo anhelo de retomar a la indiferenciación con el mundo circundante es parte de nuestra naturaleza humana. El retorno al “paraíso perdido” (Milton) genera en todos nosotros una profunda nostalgia consustanciada con la atracción por el abismo. Para aquellos que por vías místicas o espirituales han experimentado un cierto acceso a la trascendencia del ego o, dicho de otro modo, a la emancipación del ego habrán de experimentar la profunda necesidad de revivir esta experiencia liberadora. Atrapados, como lo estamos, en las redes tentaculares del yo ego, dentro de cuyos confines se multiplican las frustraciones, el desasosiego y la angustia, el hombre que emprende la lucha en contra de este tirano accede, quizás, a atisbar o a vivenciar el final de esta tiranía y el acceso a una libertad provisoria. A partir de ese momento, el hombre, según G.L Gurdjieff, queda 11 “envenenado” o, en otras palabras, queda comprometido en lo más profundo de sí mismo a renovar esta experiencia liberadora del yo-ego.

La alegría suprema (Ananda) del hinduismo radica allí en esta experiencia liberadora que amerita, para un gran número de personas, consagrarle sus vidas.

En contraposición con esta visión del hombre, las proposiciones del mundo moderno apuntan, en su gran mayoría, hacia el yo-ego como sustento de la alegría, de la felicidad y de la libertad. El hombre psicológicamente equilibrado y sano pasa a ser el poseedor de las llaves que conducen a la auto-realización y al ideal del prototipo humano. Pronto, sin embargo, el niño, el adolescente y luego el adulto se percatan de que en el nivel egolátrico de nuestra existencia somos acometidos por la ira, por el miedo, la desolación y por las múltiples modalidades de nuestras apetencias y pasiones. Por ello, gran parte de nuestros esfuerzos están destinados a evitar que se nos desenmascare y de suceder esto, o nos enfurecemos o nos deprimimos. Nos sentíamos tan cómodos dentro del engaño que consiste, en buena parte, a concebimos distintos a como somos (Boyarismo) y a pretender con toda desfachatez que los demás crean en nuestras proposiciones encubridoras. El “personaje” , que es la máscara, dentro de los confines del ego-yo debe, para poder subsistir y robustecerse perfeccionar la metodología del engaño o, en otras palabras, la mascarada. Al vivir tal y como lo hacemos todos los días nos olvidamos de la vida. Ese olvido no es un no acordarnos, sino algo muy singular, es un olvidar lo que tenemos más presente, y lo que tenemos más presente es lo que más olvidamos. Heráclito escribiendo sobre el hombre decía: “presentes están ausentes” o también” despiertos están dormidos”.

Lo más accesible en todo momento es nuestro ser, pero las opciones de encuentro dependen del nivel de desarrollo del hombre y de su tipología. Para los hombres poco evolucionados el ser del hombre se percibe a través de sus instintos y sensaciones o bien a través de sus sentimientos o emociones y, en muchos casos, por vía del raciocinio y de esquemas teóricos desprovistos de un sentir profundo. En estos casos se nos revela con mucha claridad la desarmonía del hombre, su determinismo inconsciente y la sujeción coartante al automatismo de repetición. Qué familiar nos resulta escuchar ante un cuestionamiento que alguien responda: “Es que yo soy así”. En esta respuesta está implícita la visión futurista de la ausencia de cambio “soy así, seguiré siendo así”, y ese soy yo. En este sombrío panorama de inamovilidad el ser del hombre sucumbe frente a las embestidas del yo egolátrico y asistimos desolados al abismo del ser del hombre. Su rescate de las profundidades abisales, porque lo hemos sumergido, va a requerir de renuncias y sacrificios. El sacrificio de la magnificencia del yo-ego se toma posible tan sólo cuando me conecto con mis anhelos y necesidades de ser el que soy; cuando me conecto con mi necesidad de acceder a mi naturaleza divina y a cesar en el empeño de profanar en mí a lo sacro, para privilegiar mis apetencias egolátricas.

Desde su inmersión en el ego, el hombre se ve privado de su más extraordinaria facultad: su capacidad de trascender su propio nivel. Para ello, la renuncia de todo lo que en mí se afirma, por vía del sacrificio de los apegos del cuerpo, de los apegos del sufrimiento y, en última instancia, del pensamiento racional, se toma imprescindible una y otra vez. Esta depuración de lo afirmativo nos acerca a lo que el ego más teme: la pobreza de espíritu y el encuentro con los misterios de nuestra condición humana. El ser, dice Heidegger, es misterio, y el misterio no posee nombre propio. La palabra ser es inclusive una comodidad del intelecto ante el misterio.

El primer paso hacia la recuperación de la vida misma, es decir, hacia la recuperación de la verdad, es conscientizar que, tal y como vivimos todos los días, centrados en el yo, este estilo de vida es el error mismo. Luego, quedamos en disponibilidad para que se nos revele lo afirmativo en su dimensión avasallante. Finalmente este descubrimiento nos integra a la totalidad. Si no estamos integrados a la totalidad nos será imposible damos cuenta del error del yo y viceversa. A su vez, para poder liberamos del yo hemos de dejar que las cosas sean; pero solamente podemos dejar que las cosas sean si estamos liberados del egolátrico yo.

La mediación del amor es imprescindible para que este proceso de muerte y renacimiento pueda configurarse. Con respeto, con tolerancia, con cariño me acerco a constatar, a vivenciar las vicisitudes de mi desarmonía. Atento a mi cuerpo y a los vaivenes tensionales que en él se expresan y que, a su vez, son la expresión de conflictos emocionales, de represiones reiteradoras, de somatizaciones, entre otros, siento, veo y escucho mi cuerpo y el lenguaje corporal que es propio de mi mecanicidad y de mis automatismos conscientes e inconscientes.
Más adelante estudio los contenidos de mi pensamiento con tranquila perseverancia, tesón y disciplina. Surgen juicios de valores acerca de lo que es visto y aprehendido, dificultándose la introvisión por lo que momentáneamente los pongo de lado y continúo observando sin intervenir. Refrendando este intento de transitar desde lo psicológico hacia lo ontológico aparecen las palabras de Jesús: “Búsquenme y se perderán, Búsquense y me encontrarán”.

Más adelante incluyo mi sentimiento en este proceso de búsqueda y transformación cuyo mediador principal es el amor.

La enseñanza de los grandes maestros radica precisamente en este hecho insólito: para alcanzar la plenitud de la vida, la Verdad, la Felicidad hay que morir a sí mismo. Nos encaminamos hacia la Nada, es decir hacia la nada del ego. En muchos casos este encaminamos va aparejado con la aparición del miedo, el miedo coexistente con la pérdida de referencias, con la percepción de la caída en un abismo profundo y sin retorno, convivimos con la pérdida irreparable de lo que llamamos nuestra identidad (epicentro de nuestra pobre existencia) y nos aproximamos a la Nada. Nada soy, nada quiero, nada puedo. De tal modo que, cuando el yo ego en nosotros pierde fuerza y consistencia, lo que a nivel del yo normal sería estar en crisis, sentirse muy mal, podría ser la gran oportunidad que se nos brinda para emprender el camino de los peregrinos de la verdad. Se nos hace más claro ahora que la vivencia del abismo es una propiedad del ego y que ese abismo del ego puede conducir a la esencia y al Ser. Lo esencial se nos revela como una realidad inapelable y transformadora. Surge la alegría, la esperanza y la fe. Pero, al poco tiempo, su majestad el ego, temporalmente destronado, reivindica a gritos sus derechos temporalmente cercenados. Quiere no sesionarse de la experiencia liberadora y convertirla en permanente, de fácil acceso y de su entera propiedad. Cuando lo logra, que es en la mayoría de los casos, se vale del recuerdo impío, sustitutivo de la experiencia liberadora y pretende, utilizando el sinfín de argucias que posee, recrear mentalmente el “dejá veçu” . El ser es nuevamente desterrado a un abismo más profundo aún que aquel signado por el olvido y por la ignorancia. La paradoja de la condición humana adquiere allí su mayor esplendor y conduce al buscador honesto y sincero a plantearse esta pregunta esencial: ¿Qué quiero?

Al quedamos atentos ante esta pregunta perturbadora se nos revela con gran claridad nuestra naturaleza dual. ¿Quién quiere qué en mí? La falsa creencia de que soy uno e indivisible se desmorona y constato con estupor que soy múltiple. Yo Alejandro, yo Miguel, yo Eduardo es una falacia que se erige durante esta fase de mi desarrollo que los psicólogos y psiquiatras llaman “crecimiento personal” y “adquisición de identidad”. En realidad lo que realmente acontece es que mi personalidad se desarrolla a expensas de mi esencia que se encuentra obligada a replegarse en lo más profundo de la penumbra. Mi única opción de rescate consiste en desandar el camino recorrido, en desenmascarar al usurpador que habla en mi nombre.

En toda encrucijada vivencial, el ego apela en primera instancia al pensamiento para solucionar uno u otro problema, pero el ser no es cognoscible a través del pensamiento. El pensamiento tiene que limitarse en la búsqueda de la verdad a lo que pueda hacerse presente. De tal manera que lo que no está presente ni pueda presentarse ni real ni virtualmente no puede ser objeto de conocimiento. El lenguaje del ser es el silencio.

Para tener alguna opción de acceso a este silencio debo aproximarme con respeto, con amor, con paciencia a lo que ocupa mi pensamiento, mi cuerpo y mi sentimiento. Me aproximo una y otra vez, con atención, a intentar desentrañar los misterios de mi condición humana. El amor es imprescindible en este proceso. Inicialmente el amor encuentra su morada en la atención, en la atención que le presto a aquel que habla en mi nombre y dice ser yo. El amor compasivo al enemigo de mi ser que es mi ego. El amor es el catalizador de toda posibilidad de cambio y de evolución, es el mediador que acelera o retarda la posibilidad de encuentro con el que soy. Es el mediador indispensable para que en el hombre pueda resplandecer la esperanza, la fe y, en última instancia, la transformación. Evocamos a Jesús cuando Poncio Pilatos le pregunta ¿Y tú, quién eres? Y le responde: “Yo soy el que soy” .